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La Espiritualidad y la Juventud

 

El Rev. Brian N. Prior MDiv

 

Me quedé parado en el camino, mirando a la ambulancia alejándose, los otros miembros de mi familia siguiéndola. Me sentí completamente solo. El caos de los eventos de los últimos diez minutos se repetía en mi mente.

 

Había regresado a casa después de haber jugado con un amigo este lunes, Día de los Presidentes, y encontré a mi padre enfermo. Cuando le pregunté cómo se sentía, mi padre me dijo que estaba bien. “Sólo una gripe,” y me dijo de regresar al primer piso para jugar con mis hermanos.

 

Algunos momentos después, por razones que no conocía, sentí que tenía que regresar al segundo piso. Entré en la cocina y encontré a mi padre tirado en el piso. Corrí rapidamente al primer piso para advertir a mis hermanos. Inmediatamente, un hermano y yo empezamos a dar Resucitación Cardio-Pulmonar a mi padre mientras que el otro llamaba a una ambulancia.

 

Después de esperar lo que sentía como una eternidad, una ambulancia llegó y rapidamente liaron a mi padre a una camilla y lo sacaron por la puerta. En ese momento mi madre llegó y el conductor de la ambulancia le dijo de seguirlos al hospital. Mi madre les dijo a mis hermanos de montar en su coche, y porque yo a los 13 años era demasiado joven para ir al hospital, mi madre me dijo de ir a la casa del vecino.

 

Allí me quedé parado en el medio del camino, solo. Entonces, sin pensar, busqué debajo de mi camisa y agarré la cruz que mi sacerdote me había dado recientemente. Cuando hacía esto, me recordé de sus palabras cuando me la dió. “Esto es para que recuerdes que nunca estás solo. Dios está siempre contigo.”

 

En este momento transformatorio, el vacío que sentía fue inmediatamente reemplazado con un sentido de bienestar y de confianza establecida. Me dió un sentido increíble de fuerza interior.

 

Muchas veces he pensado en esta ocurriencia que me cambió la vida, y qué crítica era mi fe en darme la viveza para soportar esta experiencia traumática. Tristemente, era la primera de muchas, porque tuve que soportar las muertes de cinco otros amigos antes de graduarme de la escuela secundaria.

 

En más de 25 años de trabajar con gente joven, he visto y compartido el viaje doloroso de pérdida con muchos adolescentes. A veces tiene que ver con la muerte de amigos o miembros de la familia. Pero, frecuentemente tiene que ver con un sufrimiento que viene de uno mismo o es causado por otro. De ambas formas, la inocencia de la juventud casi siempre se termina subitamente.

 

Pero, en el medio de una pérdida y sufrimiento increíble, he visto un número impresionante de jóvenes no solamente soportar, sino florecer en adultos compasivos y productivos. En mi experiencia hay ciertos factores claves que han permitido a los adolescentes a desarrollar una resistencia frente a ocurrencias traumáticas en sus vidas.

 

Esta resistencia no está basada en formar una cáscara dura, rechazando la realidad de las circunstancias con las cuales se enfrentan, o en tener rabietas. Más bien, está basada espiritualmente en un sentido profundo de valores profundos.

 

El primero de estos valores es comprender en qué imagen fueron creados. Cuando los jóvenes empiezan a verse a ellos mismos como creados en la imagen de Dios, empiezan a tener un sentido inherente de tener una base en la tierra.

 

El segundo valor espiritual de base es que son amados sin condiciones. En las mejores circunstancias esto occurre en el seno de la familia. Jóvenes quienes sienten que son amados no porque hacen cosas buenas o malas, pero porque son hijos de Dios, viven sus vidas con amor y no con miedo.

 

El tercer valor espiritual es un entendimiento innato que, el ser creados en la imagen de Dios y el ser amado como hijos de Dios, también es ser excepcionalmente dotados. Con la asistencia de padres, mentores y compañeros, los jóvenes empiezan a darse cuenta no solamente de las cosas con las cuales son buenos, pero también lo que les apasiona. También es importante que empiezen a comprender y aceptar que hay cosas que no son sus dotes.

 

El último valor espiritual es un sentido claro de pertenecer. Esto se moldea cuando los jóvenes se sienten conectados a una comunidad. Esto no es cualquier comunidad, pero una que nutre, apoya, y anima los valores espirituales de ser creados en la imagen de Dios, que son amados sin condiciones y que son dotados de una forma única.

 

Estos valores espirituales de base que habilitan a los adolescentes a establecer una resistencia para soportar dolor y pérdida increíble, necesitan, en mi experiencia, un factor clave: un mentor. Mientras que la familia es, sin cuestión, la expresión primaria de dónde uno es moldeado y formado, los mentores adultos son los que suavizan el molde que Dios quiere que seamos. Los mentores, ya sean pastores de jóvenes, entrenadores, educadores o vecinos, son críticos en el desarrollo de un adolescente. Los mentores verdaderos estimulan, apoyan, desafian y asisten a los jóvenes en ver claramente quiénes son y quiénes pueden devenir. Nada será más beneficioso para ayudar a una persona joven a comprender a sus valores espirituales de base.

 

Cuando los adolescentes empiezan a comprender sus valores espirituales de base, empezarán a poseer una percepción propia y una identificación que les proveerá una resistencia para soportar el dolor y la pérdida que son sin dudas partes del viaje de la vida.

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