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LA SEGURIDAD ES UNA CUESTIÓN DE PERCEPCIÓN

 

La experiencia de una familia

por Christie Toribara, R. Ph.

 

“Con tal de que se sienta seguro en casa todo irá bien. Los niños se reponen”. Este fue el dictamen del especialista que atendió a nuestro hijo de tres años a raíz de un intento de secuestro de parte de un pederasta. Llevado por su curiosidad natural, se había ido sin permiso de la casa de un amigo y emprendido la vuelta a nuestra casa por una ruta mucho más larga, cuando ocurrió el encuentro. No sólo le dejó aterrado el incidente, sino que se sentía doblemente vulnerable por haber desobedecido las reglas que habíamos establecido para su protección.

 

Cuando por fin nos explicó por qué tenía tanto miedo de no estar con nosotros en todo momento, llamamos a la policía para denunciar el atentado. El agente que nos atendió no le dio mayor importancia. Dijo que la versión de un niño de tres años no significa nada. Esto no hizo más que empeorar la situación. Le habíamos enseñado a respetar a los policías y a buscar su ayuda en caso de necesidad. La respuesta displicente de este policía le dio a entender, por el contrario, que no le protegerían ni siquiera le creerían, mientras que la conclusión del especialista sólo sirvió para disminuir su confianza en los adultos y dar pábulo a su temor.

 

Es cierto que los niños tienen una asombrosa capacidad de recuperación. Sin embargo, si sus temores y angustias no quedan resueltos, dan paso a la ansiedad, especialmente cuando intervienen otras circunstancias perturbadoras. Los resultados trágicos de esta situación pueden hacerse sentir muchos años después. Si el niño se siente seguro en el hogar, puede que lo vea como su único refugio. Con el paso del tiempo esto puede crearle problemas, particularmente cuando otros incidentes vienen a escarbar en sus temores complicados ahora con la aprensión de dejar el único lugar que percibe como seguro.

 

En la escuela primaria, una maestra con fama de desabrida le causaba tanto temor que se resistía a ir. Cuando traté de resolver el problema apelando a la maestra, ésta me dijo que no tenía tiempo para preocuparse por un estudiante sólo. Al responderle yo que cómo podía entonces tener tiempo para treinta, me colgó el teléfono. Terminado el curso, le pregunté a nuestro hijo cómo había sobrevivido la experiencia con esa maestra. “Aprendí a ser perfecto y a estar callado”, me respondió. Cometí un error en aceptar esa actitud del niño. Ahora, tantos años después, le replicaría que nadie es perfecto y que uno debe ser respetuoso, pero no mudo. Incluso le transferiría a otra escuela donde no tuviera que sufrir a quienes carecen de respeto por los niños a los que enseñan. Demasiado tarde me percaté de que un trauma exacerba la susceptibilidad de los niños y puede estimular respuestas morbosas en situaciones productoras de aprensión.

 

En la escuela secundaria ocurrió otra situación traumática con un profesor que, el primer día de clase, calificó de infrahumanos a los estudiantes de primer año. Me equivoqué en juzgar que se trataba de una broma del profesor y supe más tarde que todos los años elegía a estudiantes vulnerables para hostigarlos. Nuestro hijo, que se atrevió a hacerle frente, continuó siendo blanco de amenazas y abuso psicológico de parte de ese individuo hasta el final.

 

Otro profesor les dijo a los estudiantes que ya eran adultos y no debían nunca implicar a sus padres en los problemas de la escuela. Como consecuencia de esto, no tuvimos conocimiento del abuso psicológico hasta el fin de semana previo al suicidio de nuestro hijo, y sólo después de su muerte nos enteramos por sus amigos del nombre del perpetrador. Aunque la mayoría de los educadores se entregan a su tarea con una dedicación admirable, enriqueciendo inmensamente la vida de sus estudiantes, recomiendo que los padres estén alerta a señales que indiquen desórdenes afectivos en un maestro (u otra persona de influencia) y les encarezco que tomen medidas para que esas personas reciban ayuda antes de causar daño irreparable a los jóvenes que tienen a su cargo.

 

A raíz de la muerte de nuestro hijo, en vez de entablar juicio con el distrito como algunos nos aconsejaban, requerimos una audiencia y pedimos que se tomaran medidas disciplinarias. Como recordatorio para el personal docente, donamos un cartel enmarcado con una inscripción que decía: PRIORIDADES: “Dentro de cien años nada importará el volumen de mi cuenta corriente, el tipo de casa en que viví o el modelo de coche que conduje...pero puede que el mundo sea diferente por el impacto que tuve en la vida de un niño”. Es fundamental que todos recordemos que nuestra relación con los niños, la atención que prestamos a sus palabras y lo que oyen de nuestros labios tienen un efecto perdurable en ellos y en la sociedad.

 

Como padres, podemos engañarnos en pensar que, puesto que nuestro hijo ha “sobrevivido” el trauma y está a salvo en nuestros brazos, todo quedará olvidado en poco tiempo. Lamentablemente, no será así. Es posible que ese niño que se siente seguro en el hogar lo vea como su único refugio. Lo que cuenta y contará el resto de la vida del niño es su propia percepción de los hechos. La angustia irresuelta afecta la química del cerebro y deforma la percepción de lo que es, y no es, seguro.

 

Muchos alienistas de los años ochenta no creían en la existencia del estrés psíquico post- traumático, pero ahora la opinión ha cambiado. Cuando un trauma no se resuelve, las situaciones posteriores no se negocian del modo acostumbrado. Si yo hubiera sabido entonces lo que sé ahora, no sólo hubiera explorado más a fondo el trauma inicial, cerciorándome de que el primer especialista que atendió a nuestro hijo era experto en ese terreno, sino que también me aseguraría de que nuestro hijo se sentía a salvo fuera de casa y con gente diferente. También he llegado a comprender que un exceso de protección compromete el sentido de la confianza del niño, provoca su ansiedad e incrementa el anticipo de trauma bajo circunstancias similares, como ocurría con nuestro hijo cuando iba a lugares que no le eran familiares.

 

Otro punto pertinente que quisiera; resaltar es la importancia de manejar satisfactoriamente la espera y el cambio, dos absolutos que ha de confrontar irrevocablemente todo joven en su proceso de maduración (v.g. consecución de trabajos, admisión a escuelas, resultados de exámenes, etc., etc.). Mi recomendación es que dediquen esos períodos de espera a alguna actividad que normalmente no tienen tiempo de practicar, que disfruten de algún pasatiempo, juego o deporte que les atraiga o simplemente que descansen. Es imperativo también que reconozcan que la vida es cambio constante, de lo contrario aún viviríamos en cuevas como los trogloditas. Unos cambios serán para bien, otros para mal y otros, en fin, traerán simplemente diferencias.

 

Después de un trauma psíquico, urge validar las emociones del niño, ponderar cuidadosamente su versión de los hechos y los temores que le han provocado, y esforzarse por reconstruir su fe en sí mismo y su competencia para encarar el mundo. Dado que el trauma psíquico puede en el futuro suscitar respuestas morbosas en situaciones productoras de estrés, es imperativo calibrar la verdadera naturaleza e impacto de esos sucesos en la vida de nuestros hijos. Solamente con la resolución de sus temores puestos en perspectiva, podremos respaldarlos en su marcha hacia una sana madurez, evitando así tragedias que pueden estallar años más tarde.

 

Por encima de todo hay que darse cuenta de que lo que más importa es la perspectiva del niño, no la de los adultos. Cuando se pasan por alto las emociones de un niño angustiado o se trata a sus sentimientos con indiferencia o menosprecio, sólo se consigue exacerbar su temor y disminuir su capacidad de confiar en los adultos. Trabajando todos en concierto – padres, asesores, maestros y policías– lograremos una comprensión más justa de los niños que están a cargo nuestro. Su bienestar y sano desarrollo será nuestro galardón.

 

(traducción de Ana María Snell, Ph.D.)

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